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Historia y Cultura

Paltas se ubica en lo que hoy conocemos como los Andes Bajos. En esta sección, los Andes pierden altura y la cordillera occidental se convierte en estribación transversal, dibujando un territorio muy escarpado. En pocos minutos podemos ir desde las cumbres del Pisaca a 2.400 metros hasta las riveras del Catamayo en las Cochas o San Vicente a 1.000 metros, o bajar desde las alturas de Guachanamá a 2700 metros a Lucarqui, Casanga o Almendral a 900 metros. Este tipo de orografía ha permitido que se forme un conjunto de microcuencas que bajan rápidamente desde la zona templada a la caliente en menos de tres a cinco horas a pie, disfrutando de todos los climas, de chorreras impresionantes, de multitud de pájaros, mariposas e insectos, de una diversidad de plantas, de grutas naturales de roca viva, de abismos desafiantes y de caminos culebreros y exigentes. Una enorme biodiversidad de ecosistemas, de especies y genética es posible verla, tocarla y gozarla con solo caminar unas cuántas horas, como para impresionar al turista más exigente.

Paltas tiene un clima envidiable: temperado en Catacocha y caliente en sus valles de Playas-Casanga o en el de Catamayo. Pero la naturaleza nos ha regalado otra belleza desafiante: la falla geológica o zona de barrancos, que semirodea a Catacocha. Catorce kilómetros al filo del abismo, mirando un corte espectacular de piedra unas veces, de duro cascajo otras, hasta zonas más alomadas para tomar un respiro. Razón tenía el soñador Hermano Joaquín Liébana, de considerar a Catacocha una Massada o una Numancia Americana, una ciudad estratégicamente ubicada, inexpugnable para el ataque sorpresivo de alguna fuerza enemiga por estar rodeada de un imponente abismo.

Pero todavía hay más. Paltas fue parte del mar que existía en la época terciaria, hace unos cinco a diez millones de años. Cuando las aguas comenzaron a retirarse, mientras emergían las cordilleras en medio de grandes catástrofes, en el fango quedaron enormes crustáceos, cetáceos, caracoles e imponentes árboles, que en medio de los brutales cambios que soportaba el suelo, sus células fueron reemplazadas por sílices o carbonatos, produciéndose su fosilización, o como decimos en lenguaje popular “se petrificaron”. Esos fósiles es posible verlos en el camino entre Soracola, Santo Domingo y San Antonio.

En sus distintos pisos y nichos ecológicos, es posible mirar especies únicas, endémicas de este ecosistema de bosque subtropical seco. El shiringo, único de estos lares, un arbolito de cinco o seis metros que produce una fruto blanco y redondo con una pepita en el centro. Es tan dulce cuando maduro y algo zúparo cuando tierno, que de aquí se deriva la palabra “shiringuear”, que significa hacer el amor: dulce en su punto, desabrido fuera de tiempo. Las chirimoyas que tienen su origen en esta franja que va de Catacocha a Espíndola, en donde se han encontrado unas dieciocho variedades, algunas casi sin pepas y del tamaño de una guanábana. Dulces y jugosas, firmes y aromadas, para no saciarse nunca. Los toronches, esos parientes del babaco que son típicamente locales; el arupo rosado, que tiene su cuna en Paltas, razón por la cual, al pueblo le llamaban “el paraje del rosal”; las buganvillas de colores diversos para adornar nuestros jardines, las pampadas de pepisos que regalan con su miel a los quindes que las visitan o al mismo visitante que puede saborearlas; las guabas y guayabas en una infinidad de variedades; las tunas blancas, rojas o amarillas, con sus hojas blanqueadas por la cochinilla silvestre, todo ello, en una sola caminata.

Los Paltas históricos

En los años 500 de nuestra era, aproximadamente, comenzó a organizarse el Señorío o Cacicazgo de los Paltas. Se trataba de grupos de origen “jibaroano” que venían desde el Alto Chinchipe, que dominaron y se mezclaron con grupos locales previamente asentados en esta zona. En el amplio territorio lojano, los paltas se organizaron en cuatro cacicazgos bastante similares: los Chaparra al norte, los Garrochambas al centro y sur oeste, los Calvas al centro y sureste, y los Malacatos hacia el este con dirección al Alto Chinchipe. Hacia 1460-70, los Paltas fueron conquistados por los incas e integrados al Tahuantinsuyo. Con la conquista, los incas incorporaron a los Ambocas de origen cañarí, que fueron colocados en el centro; y a los Saraguros en la frontera norte. La presencia incaica ayudó a consolidar varios conocimientos anteriores, juntos nos dejaron un legado cultural invalorable que recién estamos comprendiéndolo.

El Cacicazgo de los Garrochambas-paltas, estuvo integrado por los pueblos de Garrochamba, Catacocha, Celica, Dominguillo, Pózul, Guachanamá, Cangonamá y Chinchanga, es decir, integró a los actuales cantones de Olmedo, Paltas, Celica, Pindal, Zapotillo y Puyango. Hasta 1605, Garrochamba fue el pueblo principal de residencia de los caciques principales, para luego ser reemplazada por Catacocha. Los españoles comenzaron a identificar a este cacicazgo como el de los Paltas a secas.

El cacicazgo de los Paltas al momento de la invasión española, manejaba cuatro pisos ecológicos: (i) el ecosistema frío en zonas como Guachanamá y Celica; (ii) el temperado como en Catacocha, Cangonamá y Chinchanga; (iii) el subtropical seco como Pózul y Dominguillo; y (iv) el tropical seco en Zapotillo y los valles calientes del Catamayo, Yamana y Casanga. En cada uno de esos pisos ecológicos se obtenían los distintos productos que requerían para su sustento: maíz, fréjol, guineos, plátanos, yuca, calabazas, maní y frutales como: paltas, ciruelas, chirimoyas, guabas, shiringos, tunas, toronches, jícamas, tumbos; peces de río y apangoras, y el cuy (Salinas de Loyola, 1571).

Por el territorio de los Paltas, se trazó un camino transversal que unía al Qapaq Ñan de la sierra con el de los Llanos. Como se sabe, el camino principal, viniendo desde el norte, luego de atravesar el territorio cañarí, llegaba al tambo Villamarca a la entrada al valle de Saraguro, luego llegaba al Tambo Blanco, desde donde iba a Cangochamba cerca de la actual ciudad de Catamayo, que fue el sitio donde se construyó la primera ciudad de Loja, con el nombre de La Zarza. En este punto, el camino incaico se bifurcaba: el camino de la sierra iba por Gonzanamá, Cariamanga, Ayabaca, Cajamarca con dirección al Cuzco; en tanto, el camino transversal, desde Cangochamba iba a San Pedro antiguo, Garrochamba, Cangonamá, Tacaranga (en Chinchanga), Guachanamá, Pózul, Zapotillo, Paita, para atravesar los llanos con dirección a Lima. Este camino se principalizó en la segunda mitad del siglo XVIII, por donde se transportaban “cargas de mercaduría a causa de pasar por aquí el camino para Quito y Lima”, según nos lo cuenta en 1808 el cura José Granda y Maldonado. Los caminos reales, como sabemos por la descripción de Salinas de Loyola estaban bien abastecidos de tambos cada cuatro a cinco leguas “en que se aposentaban cuando caminaban”.

En Catacocha hay evidencias de que la población fue organizada en tres grupos: los Collana, que en las concepciones incaicas constituían el grupo más importante, “incas de privilegio” que probablemente eran de origen mitjma por el tipo de apellidos (Guamán, Tacuri) que se ubican en la franja entre San Pedro y Sigiro; los Catacochas, que era de indígenas locales (Guajala, Tandazo, Quichimbo, Chamba, Lalangui, Pogo, Yaguana) que ocupaban la franja desde San Pedro Mártir a Huato; y los Garrochambas, que ocupaban toda la microcuenca desde El Pico hasta Playas. Esta división tripartita, con tres grupos o parcialidades, se repetía en los pueblos de Guachanamá, Chinchanga, Celica y Dominguillo. Hacia 1750, debido al descenso demográfico que experimentó la zona, en la cabecera cantonal solo existían dos comunidades, la comuna Collana y la Catacocha, que recibieron la legua de tierras a la redonda del pueblo. Hacia 1890, las dos comunas fueron reducidas a una, la comuna Collana-Catacocha (Título de propiedad de la Comuna Catacocha-Collana, 1807). Esta organización subsiste hasta hoy.

El manejo del agua entre los Paltas

El aspecto más interesante desarrollado por los Paltas, fue el manejo del agua para la producción agropecuaria. Como sabemos, Paltas por encontrarse en la transición al desierto peruano y en el centro de los andes bajos, es una zona de inestabilidad climática proclive a las sequías, por tanto, para asegurar la producción se requería de un manejo sofisticado del agua lluvia y se requería predecir los ciclo del Niño. El legado más importante de los Paltas fue precisamente, el manejo del agua lluvia, que se combinó con el manejo de la ritualidad, el calendario solar, el manejo del espacio, la conservación de la cubierta vegetal y de las microcuencas. Este legado histórico es aún visible, lo hemos usado para resolver los problemas de agua del presente en Catacocha, y aún podemos aprender con mayor profundidad su fundamento científico todos los que vivimos en los andes. Tal su potencialidad.

El sistema de manejo del agua, consistió en construir lagunas artificiales de altura (humedales lénticos artificiales), para retener el agua lluvia, la que al infiltrarse rellenaba los acuíferos en el subsuelo, que daban origen a una infinidad de vertientes que formaban las quebradas. En ellas se construían tajamares para romper la escorrentía, humedecer los bordes y derivar agua para las acequias. Al borde de las huertas se construían Pilancones o reservorios para regar las huertas agroforestales, que era otra forma de maneja la humedad. Ello se complementaba con la conservación de los bosques primarios de altura, y una tupida vegetación a lo largo de las microcuencas.

De manera específica, los Paltas construyeron en Catacocha una laguna “gran laguna” tal es la traducción correcta del topónimo Catacocha. Esta laguna, no está construida en un sitio cualquiera, sino al frente del Pisaca, sitio desde el cual, en el equinoccio del 21 de marzo (día del sol recto o equinoccio) y en el del 21 de septiembre (equinoccio), se puede ver salir el sol por encima del Pisaca. Construyeron otra laguna en el Pisaquita, conocida hoy como “cocha del Pisaca”, sitio por donde sale el sol el 21 de junio (solsticio en que se celebraba el Capac Raymi), mirado siempre desde la laguna principal Catacocha,. En el otro lado, el Pisaquilla, se construyó otra laguna denomina hoy de “San Pablo” (desafortunadamente seca por la plantación de eucaliptos) que se alinea con la de Catacocha en el solsticio del 21 de diciembre. En cada uno de estos sitios, en las cochas del Pisaquita y Pisaquilla, se colocaron tres grandes piedras, denominadas “huacas”, en una de ellas se hicieron tacitas o “tacines” convenientemente ubicados, que son huecos redondos de diez a veinte centímetros de profundidad, que llenos de agua o chicha, permitían “mirar” a los shamanes el momento en el que se produce el solsticio, es decir, el sol se queda quieto y se produce el retorno del sol.

De las cochas del Pisaca, se derivaban una serie de ojos de agua que formaban siete pequeñas quebradas (cuatro que iban a Playas y las otras tres al Catamayo). Cada una de estas lagunas era sagrada, habían claras prohibiciones rituales y míticas para impedir que alguien atente contra ellas, o para que alguien arroje piedras que podían sedimentar la laguna. Si una mujer arrojaba una piedra los arcoíris o las conzas (culebras) podían embarazarla, si lo hacía un hombre, los arcoíris lo tomaban de la cintura hasta ahogarlo, de manera que a nadie se le ocurría sedimentar a las lagunas. Eran sitios sagrados a los que solamente accedían los curanderos para realizar baños rituales.

El alineamiento del Pisaca con las lagunas les permitía manejar el calendario anual de equinoccios y solsticios; a ello unían el manejo ritual de las grandes fiestas y el respeto por las lagunas; y les servía para separar los espacios que pertenecían a cada comunidad. Esta particularidad, la de unir al discurso ecológico una acción ritual, calendárica, la división del espacio social y la agricultura, es sencillamente increíble, digna de nuestra más grande admiración, estudio y aprendizaje. Otra gran evidencia del extraordinario patrimonio cultural paltense es el nombre del cerro “Pisaca”. Es un nombre bastante conocido utilizado hasta hoy en día, para designar en lengua aymara y kechwa a la perdiz: en kechwa “Pisaca” o “Pisacca”, en aymara “Písaqa” o “Pisala”. También en Chile se conoce a la perdiz con el nombre de “Pisaca o Quiula”. Al sur del Cuzco, hay un cerro llamado “Pisaca”, especulamos que probablemente de este lugar procedieron los mitmaj que trajeron lo incas a Catacocha, y que replicaron en este lugar sus creencias. En Yamana, los moradores del lugar encontraron dos palomas de piedra: una grande, de alrededor de 60 cm de alto y una réplica pequeña de unos 20 cm. Creemos que se trata de una Pisaca en piedra: la grande colocada en un lugar fijo para ceremonias masivas; la pequeña para que el shamán la tome en las manos y realice ofrecimientos rituales, como puede vérsela en la foto.

Estas “pisacas” no estaban en cualquier sitio, estaban en una línea ritual, que se parece a las líneas de ceque de los incas. En esta línea que une al cerro Pisaca, con Yamana y Cangonamá, encontramos tres sitios de petroglifos alineados. En Yamana en los sitios “Barrial Blanco” y “el Reservorio de PREDESUR” y la otra, en las altura de Cangonamá.

Se trata de sitios, sobre todo Barrial Blanco, de unas diez hectáreas, en las que existen numerosas piedras con dibujos y “tacines” sobre una piedra plancha. Las líneas y dibujos son complejos y requieren un análisis cuidadoso. No nos extrañaría que algunos de ellos marcaran los movimientos del sol en los equinoccios y solsticios, y que estuviesen relacionados con la predicción de las lluvias, es decir con los ciclos del Niño.

La Pisaca era la verdadera deidad que hacía llover en la zona. Un mito muy popular en Catacocha nos confirma este papel. El mito nos cuenta que el cerro Pisaca tenía un hijo, el “torito Cango”, que pastaba en el cerro y que sólo podía alimentarse del pasto que crecía en estos sitios. Este torito tenía la virtud de que al balar hacía llover y él mismo era un gran reproductor, de manera que mientras vivió en la zona había agua y prosperidad. Cabe observar que el mito ha sido ambientado a la presencia del ganado vacuno que trajeron los españoles, pero conserva la antigua tradición de relacionarlo con la lluvia, la pertenencia al cerro y su nombre “cango” muy paltense, fuertemente relacionado con la línea de ceque o línea ritual que va desde Pisaca a Cangonamá: el toro se llama precisamente “Cango”, en tanto el sufijo “namá” siempre se refiere a lugar. El mito continúa, señalando que en diversos momentos, gentes de otras partes se quisieron robar al toro (del Perú, incluso desde Panamá), pero el toro siempre regresó, herido, atacado por las fieras, pero fiel a su tierra. Los curas se dieron cuenta muy rápidamente de la existencia de esta línea ritual entre Pisaca y Cangonamá, relacionada con el manejo de la lluvia. Rápidamente crearon la costumbre de intercambiar las vírgenes de Catacocha con la de Cangonamá, siguiendo la línea ritual de los paltas, con el mismo propósito de hacer llover. Es decir, substituyeron al Pisaca y al torito Cango, por la ritualidad cristiana, pero tuvieron que sobreponerla en la costumbre anterior para que adquiriese legitimidad y continuidad.
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